Y por fin, el Articulo
Mario Mendoza
LA CIUDAD Y EL MUNDO
Anacoretas cibernéticos (6 de agosto de 2005)
Los ‘hikikomori’ se expanden como una epidemia.
Algunos psicólogos hablan del retorno al vientre materno, de un deseo de regresar al útero y no volver a salir jamás. Otros dicen que se trata de enaltecer ciertos valores de tradiciones orientales, como el retiro espiritual, el ayuno y la soledad contemplativa. El tercer grupo habla de un efecto perverso del mundo del ciberespacio, en que el enfermo reemplaza el mundo real por el virtual. Lo cierto es que los llamados “hikikomori” (palabra cuyo origen está en el aislamiento voluntario) se han vuelto ya una epidemia en Japón, con más de un millón de afectados. Y la cifra sigue creciendo y se extiende a Europa, Estados Unidos y otros países desarrollados como Canadá.
En el mundo competitivo japonés este fenómeno está destruyendo a varios jóvenes que no soportan más la presión por ser exitosos y adinerados. Entonces se encierran y cancelan para siempre la posibilidad de un contacto directo con el mundo exterior. De la misma manera que los psiquiatras están empezando a detectar adicciones con los celulares, los videojuegos y las páginas de Internet, ciertos comportamientos de encierro excesivo, silencio y atracción por el ciberespacio están siendo considerados ya como patológicos. Son las nuevas enfermedades del mundo contemporáneo.
El ritmo vida de un “hikikomori” es algo así: un día cualquiera decide que ha perdido todo interés por el mundo exterior y se atrinchera en su habitación. No vuelve a abrir la puerta sino en casos especiales, como recibir comidas y bebidas, sacar los platos y la basura, y recibir algunos objetos necesarios como jabón, crema de dientes y champú. Se deja crecer el cabello (la gran mayoría son hombres), se viste con pantalones anchos de franela y con camisetas deportivas, y se ducha dos o tres veces a la semana. Con lo que sí procura ser muy cuidadoso es con la dentadura para evitarse dolores de muelas o daños en las encías que lo obliguen más adelante a salir de su habitación y tener que visitar un consultorio odontológico. Así va ingresando poco a poco en otra realidad.
Duerme de día, a las seis de la tarde se prepara una buena comida con frutas y vegetales frescos, se ducha si le hace falta y enciende el computador hasta la medianoche. Manda fotografías, revisa su correo electrónico, chatea, lee periódicos y revistas por la red, y baja información sobre temas que le interesan. Si está muy excitado busca páginas de sexo y se masturba mirando imágenes lujuriosas en la pantalla. A la una de la mañana se prepara un sándwich de jamón o de atún, se bebe un vaso de jugo natural y se pone a leer historietas hasta las tres o cuatro de la mañana. A esa hora saca de su habitación la basura y la loza sucia para no tener que tropezarse con otras personas. Luego busca en los canales de parabólica una buena película y a las siete se come un poco de cereal con yogur y se acuesta a dormir. En el transcurso del día, cuando se despierta, entra al baño a orinar, bebe sólo agua y si no puede conciliar el sueño se dedica a hacer zapping de canal en canal, siempre metido entre las cobijas y sin abrir las cortinas. Hasta que llegan las seis de la tarde y el ciclo vuelve a iniciarse.
Ya son millones en todo el mundo y siguen propagándose a pasos agigantados. Son una banda aparte, una jauría de ermitaños computarizados que no tienen ningún interés en regresar al redil.
LA CIUDAD Y EL MUNDO
Anacoretas cibernéticos (6 de agosto de 2005)
Los ‘hikikomori’ se expanden como una epidemia.
Algunos psicólogos hablan del retorno al vientre materno, de un deseo de regresar al útero y no volver a salir jamás. Otros dicen que se trata de enaltecer ciertos valores de tradiciones orientales, como el retiro espiritual, el ayuno y la soledad contemplativa. El tercer grupo habla de un efecto perverso del mundo del ciberespacio, en que el enfermo reemplaza el mundo real por el virtual. Lo cierto es que los llamados “hikikomori” (palabra cuyo origen está en el aislamiento voluntario) se han vuelto ya una epidemia en Japón, con más de un millón de afectados. Y la cifra sigue creciendo y se extiende a Europa, Estados Unidos y otros países desarrollados como Canadá.
En el mundo competitivo japonés este fenómeno está destruyendo a varios jóvenes que no soportan más la presión por ser exitosos y adinerados. Entonces se encierran y cancelan para siempre la posibilidad de un contacto directo con el mundo exterior. De la misma manera que los psiquiatras están empezando a detectar adicciones con los celulares, los videojuegos y las páginas de Internet, ciertos comportamientos de encierro excesivo, silencio y atracción por el ciberespacio están siendo considerados ya como patológicos. Son las nuevas enfermedades del mundo contemporáneo.
El ritmo vida de un “hikikomori” es algo así: un día cualquiera decide que ha perdido todo interés por el mundo exterior y se atrinchera en su habitación. No vuelve a abrir la puerta sino en casos especiales, como recibir comidas y bebidas, sacar los platos y la basura, y recibir algunos objetos necesarios como jabón, crema de dientes y champú. Se deja crecer el cabello (la gran mayoría son hombres), se viste con pantalones anchos de franela y con camisetas deportivas, y se ducha dos o tres veces a la semana. Con lo que sí procura ser muy cuidadoso es con la dentadura para evitarse dolores de muelas o daños en las encías que lo obliguen más adelante a salir de su habitación y tener que visitar un consultorio odontológico. Así va ingresando poco a poco en otra realidad.
Duerme de día, a las seis de la tarde se prepara una buena comida con frutas y vegetales frescos, se ducha si le hace falta y enciende el computador hasta la medianoche. Manda fotografías, revisa su correo electrónico, chatea, lee periódicos y revistas por la red, y baja información sobre temas que le interesan. Si está muy excitado busca páginas de sexo y se masturba mirando imágenes lujuriosas en la pantalla. A la una de la mañana se prepara un sándwich de jamón o de atún, se bebe un vaso de jugo natural y se pone a leer historietas hasta las tres o cuatro de la mañana. A esa hora saca de su habitación la basura y la loza sucia para no tener que tropezarse con otras personas. Luego busca en los canales de parabólica una buena película y a las siete se come un poco de cereal con yogur y se acuesta a dormir. En el transcurso del día, cuando se despierta, entra al baño a orinar, bebe sólo agua y si no puede conciliar el sueño se dedica a hacer zapping de canal en canal, siempre metido entre las cobijas y sin abrir las cortinas. Hasta que llegan las seis de la tarde y el ciclo vuelve a iniciarse.
Ya son millones en todo el mundo y siguen propagándose a pasos agigantados. Son una banda aparte, una jauría de ermitaños computarizados que no tienen ningún interés en regresar al redil.


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